Jul 31, 2015

 

El día que Nietzsche lloró

Por Miriam Badillo

Buena novela, interesante, entretenida. Agregaría incluso simpática e ilustrativa. No me apasionó, pero sí me enganchó. Hace tiempo que no echaba mano de adjetivos tan impersonales y comunes, pero no me inspira más. Buena manera de dar un vistazo a un época, a unos personajes conocidos por su inmensa importancia en la cultura occidental. Original y excelente ejercicio de la imaginación. Por supuesto que la recomiendo. Ahora falta ver la película.






El día que Nietzsche lloró
Irvin D. Yalom
Trad. Rolando Costa Picazo

Jan 30, 2015

 

Lecturas

Por Miriam Badillo
Algunas citas, nada más.




"Y aquí aparece por primera vez un tema que se va a repetir a lo largo de las elegías, el de las (los) amantes abandonadas (abandonados), del amor no correspondido, que pareciera ser más perfecto que el amor satisfecho. El héroe tiene en común con los amantes no correspondidos la capacidad de mantener una relación sin objeto, pues el conoce de antemano su fracaso y se lanza no obstante, a realizar su hazaña. Sólo el héroe perdura, aún en su decadencia" Otto Dörr en R.M. Rilke, Las elegías del Duino

"Por mi parte, sólo me siento vivir y pensar en una habitación donde todo es la creación y el lenguaje de vidas profundamente distintas a la mía, de un gusto opuesto al mío, donde no encuentro casi nada de mi pensamiento consciente, donde mi imaginación se exalta sintiéndose sumida en el seno del no-yo, sólo me siento feliz poniendo el pie -en la avenida de la Estación, en el Puerto o en la plaza de la Iglesia- en uno de esos hoteles provincianos de largos corredores fríos donde el viento exterior lucha con éxito contra los esfuerzos caloríferos, donde el mapa de la detallada geografía del barrio es todavía el único ornamento de las paredes, donde cada ruido sólo sirve para que aparezca el silencio desplazándolo, donde las habitaciones conservan un olor a cerrado que el aire libre va a lavar, aunque no lo borra, y que la nariz aspira cien veces para llevarlo a la imaginación, que se encanta con él, que lo hace posar como un modelo para intentar recrearlo en ella con todo lo que tiene de pensamientos y de recuerdos; donde por la noche, cuando abres la puerta de tu habitación, tienes la sensación de violar toda la vida que se ha permanecido esparcida allí, tomarla osadamente de la mano cuando, cerrada ya la puerta, te adentras hasta la mesa o hasta la ventana: sentarse en una especie de libre promiscuidad con ella en el sofá ejecutado por el tapicera de la capital en lo que él creía el gusto de París; tocar por todas partes la desnudez de esta vida con el designio de turbarse uno mismo ante su propia familiaridad , colocando aquí y allá sus cosas, jugando a ser dueño en esa habitación llena hasta los bordes del alma de los demás y que conservas hasta en la forma de los morillo y el dibujo de las cortinas la huella de su sueño, caminando descalzo por su desconocida alfombra; entonces tienes la sensación de cerrar contigo esa vida secreta cuando vas, tembloroso, a correr el cerrojo; de empujarla ante ti a la cama y acostarse  por fin con ella en las grandes sábanas blancas que suben sobre tu rostro, mientras, muy cerca, la iglesia da para toda la ciudad las horas de insomnio de los moribundos y de los enamorados." 

"...con la sencillez de los griegos que nos mostraron, poco más o menos, todas las ideas ciertas y dejaron a los escrúpulos modernos el cuidado de profundizar en ellos."

"El supremo esfuerzo, tanto del escritor como del artista, sólo consigue levantar parcialmente para nosotros el velo de la fealdad e insignificancia  que nos deja faltos de curiosidad ante el universo."
"Éste es el coste de la lectura y ésta es también su insuficiencia. Es otorgar un excesivo papel a lo que sólo es la intuición de hacer de ella una disciplina. La lectura está en el umbral de la vida espiritual; puede introducirnos en ella: no la constituye." 

"Se vuelve peligrosa por el contrario cuando, en vez de despertarnos a la vida personal del espíritu, la lectura tiende a sustituirla, cuando la verdad no nos parece ya un ideal que sólo podemos realizar por el progreso íntimo de nuestro pensamiento y por el esfuerzo de nuestro corazón, sino como algo material, depositado entre las páginas de los libros como una miel del todo preparada por los demás y que sólo tenemos que tomarnos el trabajo de alcanzar en los anaqueles de las bibliotecas y degustarla luego pasivamente en un perfecto reposo de cuerpo y espíritu."

"A decir verdad, el hecho de que algunos espíritus superiores sean lo que se denomina librescos no prueba en absoluto que serlo no sea un defecto...De que los hombres mediocres sean a menudo laboriosos y los inteligentes a menudo perezosos, no puede concluirse que el trabajo no sea para el espíritu una mejor disciplina que la pereza. A pesar de ello, encontrar en un gran hombre uno de nuestros defectos nos inclina siempre a preguntarnos si no será en el fondo una cualidad desconocida, y no sin placer nos enteramos de que Hugo sabía de memoria a Quinto Curcio, Tácito y Justiniano, que estaba en condiciones, si se negaba ante él la legitimidad de un término, de establecer su filiación, hasta el origen, por medio de citas que demostraban una verdadera erudición. (He mostrado en otra parte cómo esta erudición había alimentado, en él, el genio en vez de asfixiarlo, como un haz de leña apaga un fuego pequeño pero acrecienta uno grande.) Maeterlinck, que para nosotros es lo contrario del literato, cuyo espíritu permanece perpetuamente abierto a las mil emociones anónimas comunicadas por la colmena, el arriete o el pastizal, nos tranquiliza mucho sobre los peligros de la erudición, de la bibliofilia casi, cuando nos describe con afecto los grabados que adornan una vieja erudición, de la bibliofilia casi, cuando nos describe con afecto los grabados que adornan una vieja edición de Jacob Cats o del abate Sanderus. Estos peligros, por lo demás, cuando existen, amenazan mucho menos la inteligencia que la sensibilidad, la capacidad de lectura provechosa, sí podemos decirlo así, es mucho mayor entre los pensadores que entre los escritores de imaginación. Schopenhauer, por ejemplo, nos ofrece la imagen de un espíritu cuya vitalidad soporta ligeramente la más enorme lectura, pues cada nuevo conocimiento es de inmediato reducido a la parte de realidad, a la porción viviente que contiene."

"Herodoto cuenta que los tracios saludaban al recién nacido con gemidos y se alegraban con cada muerte."

"Sin duda la amistad, la mistad que se refiere a los individuos, es algo frívolo, y la lectura es una amistad. Pero al menos es una amistad sincera, y el hecho de que se dirija a un muerto, a un ausente, le atribuye algo de desinteresado, de casi conmovedor. Es además una amistad liberada de todo lo que forja la fealdad de los demás."

" Con los libros, no hay amabilidad. Si pasamos la velada con esos amigos es realmente porque tenemos ganas. A ellos, al menos, sólo los abandonamos a regañadientes con frecuencia."
"Pues hablamos para los demás, pero callamos para nosotros mismos. Así el silencio no lleva, como la palabra, la huella de nuestros defectos, de nuestras muecas. Es puro, es realmente una atmósfera."
"Si la afición a los libros crece con la inteligencia, sus peligros, ya lo hemos visto, disminuyen con ella. Un espíritu original sabe subordinar la lectura a su actividad personal. Ya sólo es para él la más ennoblecedora sobre todo, pues sólo la lectura y el saber dan las del espíritu. Sólo podemos desarrollar el poder de nuestra sensibilidad y nuestra inteligencia en nosotros mismos , en las profundidades de nuestra vida espiritual." Marcel Proust, Sobre la lectura, traducción Manuel Serrat Crespo

"Tomo este ejemplo límite de esas conversaciones entre los libros, que relevan y prolongan las conversaciones que tenemos con los libros y las que tenemos sobre ellos, porque la agarrada que evidentemente tiene lugar si dejáis juntos en un lugar cerrado al comejudíos y al escritor K es una buena ilustración de lo que son los verdaderos libros, es decir, esos seres humanos con apariencia un poco simplificada pero, en lo esencial, con todo lo que caracteriza a un ser humano: sentimientos, ideas, humores, una voz, un tono, y ese perpetuo asombro de no volver a encontrarlos nunca exactamente  iguales a pesar de esta apariencia que tienen de ser iguales a sí mismos. Los espíritus librescos, el ratón de biblioteca que se ha hecho su ratonera en el papel impreso y se encierra en él como el ermitaño en la cueva, no son en realidad los amigos de los libros. Son incluso (involuntariamente sin duda) sus peores enemigos. Amar a un ser no es encerrarse con él en una celda hermética. Amar los libros no es negarse a tener contacto con todo lo que no sea ellos. Con los libros a los que se niega todo contacto con la vida ocurre lo mismo que con las personas a las que se enclaustra son contactos con el mundo exterior: se marchitan, se deshabilitan, pronto tienen cara de acelga y, de tanto desmejorarse, acaban por perecer." Claude Roy, El amante de las librerías, traducción Eteve Serra.    
  





Mar 24, 2014

 

Entrevistas breves con hombres repulsivos

Por Miriam Badillo




Foster Wallace llega hasta las últimas consecuencias. No le teme a la insistencia ni a la extensión. No para hasta tocar fondo. Explora, indaga, rasga, excava, repite compulsivamente. Bueno y ¿qué es lo peor que podría pasar? él nos lo dice. Veo en Wallace la viva imagen del escritor que en primer lugar es un observador experto, un visionario, un escrutador. Ése que puede verlo todo como si ocurriera en cámara lenta; ante sus ojos se despliegan todos los detalles, todos los recovecos. Se atreve a llevar a pie de página lo que considera no indispensable al texto, pero no renuncia a ello. Es mi primera lectura de este joven que ya no está entre los vivos, no será la última.

David Foster Wallace, Entrevistas breves con hombres repulsivos, trad. Javier Calvo, Debolsillo, Barcelona, 2013. 

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Feb 18, 2014

 

Desembalo mi biblioteca y El infierno del bibliófilo

Por Miriam Badillo




De mi pequeña colección de libros que hablan sobre libros, de la editorial Olañeta, estos dos textos. El primero de Walter Benjamin, el segundo de Charles Asselineau. Del autor alemán encontramos aquí varios textos cortos que nos hablan de su pasión de coleccionista, particularmente de libros y juguetes tradicionales. Su prosa no siempre me resulta accesible, debo confesar. Me queda clara, sin embargo, la calidad de visionario de Benjamin, quien se fijaba en las pequeñas cosas, en las marginales, en las que dan sustancia a la vida. El segundo, nos muestra lo que puede ser la peor pesadilla de un amante de los libros. Nos retrata también un tiempo en que el libro, como objeto, constituía un tesoro. Tesoro que podía rastrearse y cuyo hallazgo proveía alegrías incomparables. Veo, más allá del tema que me encanta, como hay textos que realmente envejecen.  

Walter Benjamin, Desembalo mi biblioteca, trad. de Fernando Ortega, Olañeta, Barcelona, 2012.

Charles Asselineau, El infierno del bibliófilo, trad. Manuel Serrat Crespo, Olañeta, Barcelona, 2013.

Dec 19, 2013

 

La bruja y el capitán

De Leonardo Sciascia

Por Miriam Badillo

Breve reconstrucción histórica de un proceso por brujería en Milán, en el siglo XVII. Desde luego, se trata de un juicio contra una mujer, Caterina Medici. En diálogo con Los novios de Alessandro Manzoni y con documentos del proceso, Sciascia construye un texto de configuración no lineal, imbricada, de sintaxis dislocada y numerosas incisas. Él mismo narra, como debe ser en un texto de naturaleza no ficticia, sin embargo, a ratos parece que estamos más bien ante un narrador literario, un narrador que emite juicios, no ante un historiador. En todo caso, se nos despliega la visión del imaginario de una época oscura, en la que las supersticiones viajan del vulgo a los dominios de la alta cultura y vuelven a éste autentificadas, certificadas nos dice Sciacia y a través de Manzoni: "De las invenciones del vulgo, tomaba la gente culta lo que podía acomodarse a sus ideas; de las invenciones de la gente instruida, tomaba el vulgo lo que podía comprender a su modo; y de todo se formaba una masa enorme y confusa de pública demencia". Pública demencia en la que las mujeres eran torturadas y asesinadas; acusadas de brujas por hombres cuya sociedad no les daba la posibilidad reconocer que estaban enamorados de una criada. Mujeres que aprendían las artes diabólicas (inútiles por lo demás) para tratar de asegurarse la presencia masculina y con ello un poco de estabilidad en ese (este) mundo hostil. Una Caterina dispuesta a confesar lo hecho y lo no hecho, lo sabido, lo contado por otros, a tomar lo que pudiera de esa masa enorme y confusa de creencias para tratar de escapar si no a la muerte al menos al tormento. 

Leonardo Sciascia, La bruja y el capitán, Tusquets, Barcelona, 2006.
Traducción de José Ramón Monreal



Nov 27, 2013

 

El miedo a los animales


Por Darío Basavilbaso





Evaristo Reyes, escritor fracasado e idealista, en un lapsus de expiación literaria, decide formar parte del Poder Judicial, en su más infame categoría,  la de policía. Ya como parte de la institución, sus aspiraciones consisten en adentrarse en las catacumbas tenebrosas del organismo encargado de hacer cumplir la ley y escribir un libro sobre el tema, pero lo que se va conociendo a lo largo de la trama nos muestra a un personaje víctima de la metamorfosis natural de esos “ambientes”, bajo la atenta tutoría de Maytorena  excelente personaje de abominables contrastes: drogadicto, asiduo al desmadre hard, ferviente apasionado de travestis y conmovedor paladín del amor a los hijos. Es Maytorena quien rueda el copo de nieve que se vuelve avalancha cuando,  de manera fortuita, descubre en el suplemento cultural de algún periódico explícitos y directos insultos al Jefe del Ejecutivo. Como la motivación de un hombre corrompido hasta las entrañas no es impartir justicia sino obtener beneficios, Maytorena busca madrugar al autor de los vilipendios por conducto de “El intelectual” Reyes. Aquí Serna comienza un ejercicio singular y quizá el leitmotiv de su novela: ¡hacer pedazos a la intelectualidad nacional! con el pretexto de una narración policiaca que por momentos rebasa lo verosímil, Evaristo Reyes lucha en solitario contra dos instituciones monstruosas: la primera, la peor; la intelectualidad, compuesta por narcisos, trepadores, autocomplacientes, briagos y promiscuos, amos y señores de las letras. Donde el más destacado y digno de alabanza será únicamente aquél que mejor oculte su verdadero rostro. La segunda, la tradicional, el sistema judicial, animales con armas y mediada puntería, capaces de asesinarse entre ellos si el alcohol lo amerita y que al igual que los anteriores persiguen la dádiva  de la instancia superior. Tanto entre los judas como entre los intelectuales, existen ritos iniciatorios, un asalto con lujo de violencia promueve y da legitimidad al prospecto a cargar un arma y una placa. Un acto lésbico ocasional pone a la chica buena y culta en la antesala de la publicación de su obra. La novela negra permite algunos abusos imaginativos en beneficio de una sangre más carmesí. Un par de estas licencias se adjudica Serna con las cuales no queda más que ser indulgente. Sin embargo, el final es débil y engañosamente moralizante, el perseguido por las dos respetables instituciones es acorralado, pero logra salir adelante; por fin escribe y alcanza la “limosna de notoriedad” que siempre está instalada en la conciencia del más infeliz. Al final la expiación se consuma. El autor marginado, el seudojudicial surge de sus cenizas y como decisión aleccionadora al tocar el cielo decide permanecer en este fango. Como policía renovado pide lugar donde están las emociones fuertes: Sinaloa. Obvio, a ser intelectual o morir a manos del narco, definitivamente la segunda opción.      

Oct 17, 2013

 

Su nombre era muerte

Por Miriam Badillo
 
 
Novela de Rafael Bernal, el gran autor de la joya El complot mongol. Suficiente razón para leer este libro. Me lo recomendó además un amigo: "es uno de sus mejores". Me lo prestó. La portada me pareció horrible de entrada. Luego, el prólogo de Francisco Prieto me generó las más altas expectativas...lo empecé, me gustó. Continué, ya no sabía si me gustaba. Lo terminé, sigo sin saber si me gustó o no...De cualquier modo es un libro del que necesito hablar con los demás, de esos que quieres que lean tus amigos iniciados y para que te digan qué piensan, para que te den algunas luces. Le adjudico el pecado de la inverosimilitud, uno de los más graves en literatura, si no el que más. No logré pactar con el autor (o él conmigo, qui sais?), no me la creí. Sin embargo, a unos días de distancia, empiezo a comprender la profundidad de lo que Bernal puso en esta obra. Un hombre desencantado huye de la civilización y aprende el lenguaje de los moscos...Después de todo, aquí se habla de los grandes temas: la justicia, la naturaleza humana, la sociedad, el amor, el odio, Dios. Creo que voy a terminar por tener este volumen de fea portada negra en una gran estima Aunque pronto habré de devolverlo.  Ya se verá si siento el impulso de comprarlo...
 
Rafael Bernal, Su nombre era muerte, Jus, México, 1987.
 
 

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